¿Juntos o revueltos?

¿Juntos o revueltos?

Mila Cahue

Es frecuente en los inicios de una relación de pareja que, después de apenas unos días, nos parezca que conocemos al otro ‘de toda la vida’ y no imaginamos que pueda apetecernos hacer nada sin él o ella. Se llama enamoramiento y, querámoslo o no, es una fase. El peligro está en querer alargar artificialmente esa fase, olvidando que antes de iniciar esa relación teníamos una vida y que, nos parezca lo que nos parezca, somos dos, no uno. Crear nuestro espacio propio, tiempo para nosotros al margen de nuestra pareja, no sólo es natural, sino también positivo. El riesgo, si no damos ese paso, es ahogar al otro: sí, hay amores que matan.

 

Al principio, cuando iniciamos los primeros contactos con una persona, si ésta nos resulta atractiva por algún motivo, es cierto que sentimos la necesidad de estar cerca de esa persona el máximo tiempo posible. La naturaleza no pierde el tiempo, es muy eficaz en su forma de utilizar la energía, y cuando alguien nos gusta, nuestro cerebro segrega una hormona llamada oxitocina que, dependiendo de las cantidades que segregue, facilitará la creación del vínculo con la otra persona. Este acercamiento es muy conveniente, para que podamos conocer mejor al otro, y decidir si queremos formar una pareja más estable y duradera con él, o si finalmente se va a quedar simplemente en una satisfacción física temporal. Ha de tratarse también, por lo tanto, de una experiencia placentera. En esta fase, además, se muestra y potencia lo mejor de uno mismo, por lo que resultará más fácil gustar al otro; y por otro lado, uno se fija en lo mejor del otro, minimizando lo negativo (ya se sabe, lo del amor es ciego). Al tratarse de una situación en la que los estímulos positivos, tanto internos como externos, se producen con una frecuencia e intensidad inusualmente alta, la sensación de bienestar resulta casi adictiva, y además permite que la mente divague por supuestas experiencias positivas futuras, que facilitan que renazca la ilusión y las ganas de vivir. Cuando algo es tan bueno, es lógico querer disfrutarlo a tope, en duración e intensidad. Son muchas las parejas que se dicen mutuamente: me da igual lo que hagamos, con tal de que sea juntos.
 

No hay un modelo único aplicable de forma generalizada. Cada pareja es un mundo y se establece con sus propias normas y modelos. Hay parejas que hacen todo juntos, y realmente lo disfrutan, no se agobian ni atosigan, se llevan bien, se entienden, y manejan el respeto de los espacios emocionales estando juntos con auténtica maestría. A estas parejas no les hace falta hacer las cosas separadas. Pero hay otras igualmente buenas y modélicas, en las que uno o los dos miembros de la pareja necesitan un espacio propio para que la relación pueda funcionar al cien por cien. Tras la primera fase de enamoramiento, si la pareja ha sobrevivido a la atracción física y les apetece conocerse más y mejor, de forma natural, sin tener que hablarlo de momento explícitamente, se iniciará una especie de tanteo lógica en el acoplamiento de las dos personalidades. Aquí ya se verá con cuánta dosis del otro se encuentra cada uno a gusto. La habilidad consiste en encontrar ese punto en el que ambos se encuentren satisfechos. Si no acaban de acoplarse de manera natural, entonces sí hay que hablarlo, porque probablemente cada uno tendrá que exponer claramente qué es lo que quiere o necesita, cómo quiere hacerlo, en qué está dispuesto a ceder, y qué es lo que le resulta innegociable. Si no se llegan a acuerdos satisfactorios, o si al ponerlos en práctica uno o los dos ven que no se van a encontrar a gusto en la relación, entonces es mejor dejarlo. Aunque en los primeros momentos se pensase que ya se había encontrado a la persona definitiva, en esto, como en todo, el tiempo tiene la última palabra.
Resulta muy artificial y forzado plantearlo cuando las dos personas apenas se están conociendo. Podría dar la impresión de estar planteándole al otro una especie de ultimátum: yo soy así, y esto es lo que quiero, o lo tomas o lo dejas. Lo prudente y sensato es ver primero si la otra persona nos va gustando lo suficiente y qué es exactamente lo que nos queremos plantear con ella. Si lo que apetece es ir más allá en la relación, la propia dinámica de la relación entre las dos personas irá indicando cuándo algo va bien, y cuándo algo necesita un ajuste. ¿Y esto cómo se reconoce? Aprendiendo a escuchar al cuerpo: siempre hay una señal en el higadillo que nos indica que es el momento de plantear algo que no nos está gustando mucho. Y hay que hacerlo sin apuntar con el dedito acusador, sino desde la propia necesidad. Cuando haya algo que hablar con la pareja, antes de decir nada hay que pensar muy bien qué es lo que se va a decir; cómo, y muy especialmente para qué.

 

El riesgo claro de hacer las cosas a destiempo es que cuando las hacemos normalmente ya no vale, ya no encaja, se ha perdido una oportunidad, que suele traducirse en que, si dejamos pasar demasiado tiempo, probablemente en vez de consolidar una relación, nos la hayamos cargado, aunque sea inconscientemente o por desconocimiento.

 

Cuando uno se equivoca en el planteamiento, es porque, o no ha analizado bien qué es lo que quiere decir; para qué y cómo, y probablemente no haya tenido en cuenta todos los elementos que conforman una relación: uno mismo, el otro y sus circunstancias, y el tipo de relación que se esté intentando formar (cada pareja tendrá la suya). A priori este error se podría corregir replanteando la situación, si no se comete otro error peor: no admitir que uno se haya podido equivocar en el planteamiento. Sabemos que nuestro talón de Aquiles general es reconocer nuestros errores, entonar un mea culpa, nos parece incluso humillante. La gente más grande es la que corrige y crece; y vuelve a corregir y crece más; y corrige una vez más y se produce la obra de arte. Las buenas relaciones no son el resultado del azar, sino del bien hacer.

 

Por una pura cuestión matemática y casi geométrica, cuando dos personas hacen más actividades solas que con el otro, difícilmente pueden llamarse pareja. Esto no incluye la distancia física. Dos personas pueden estar separadas miles de kilómetros, pero estar manteniendo un proyecto y una ilusión comunes, y los actos de los dos estar encaminados a un objetivo consensuado entre ambos. Eso es una pareja. Mientras que hay parejas que viven juntas y están emocionalmente separadas porque carecen de la sustancia básica que sustenta cualquier relación afectiva: el amor. Pueden hacer cosas a la vez, en el tiempo y en el espacio, pero no juntos.

 

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