¿Podemos ser sanamente egoístas?

¿Podemos ser sanamente egoístas?

Mila Cahue

Si dejamos al margen el componente cultural y nos ceñimos al biológico y de supervivencia de la especie, el egoísmo resulta una conducta muy poco eficaz para el grupo. Si algo ha quedado demostrado en la historia de nuestra especie es que han sido las conductas generosas y altruistas, y no las egoístas, las que han permitido que hoy estemos donde estamos.

Uno de los principios que forman la base de las relaciones es el de reciprocidad: dar y recibir. Uno no debe de dar para recibir, pero se espera que al dar, se reciba. En todas las culturas está mal visto no devolver un favor o no agradecer un presente, es decir, no devolver algo a cambio de lo dado; pero existe otro mecanismo más poderoso, y es que la mayoría nos sentimos obligados a recibir lo que otro nos da, por eso nos cuesta tanto decir que no a alguien, aunque sepamos que la otra persona lo está utilizando para luego sacarnos algo.

Hace falta un muy buen entrenamiento en asertividad para luchar contra la marea de la reciprocidad, especialmente cuando ésta se convierte en chantaje.

Egoísmo sano no es egocentrismo. No se trata de hacer todo para uno mismo, sino de hacer lo que mejor le conviene a uno para que las relaciones con los demás, o con los distintos aspectos de su vida se produzcan de forma equilibrada, satisfactoria, y en beneficio de todas las partes.

En realidad, el egoísmo sano es perder el miedo a decir NO. O, dicho de manera coloquial, la conducta que nos permite dejar de ser carnaza para los lobos.

Quizás el término egoísmo sano no sea el más adecuado, pero sí es el que se entiende mejor, y en esa acepción es correcto utilizarlo. En realidad se trata de ser asertivo, pero al llamarlo egoísmo sano se siente que uno puede decir que no, no tener que devolver siempre un favor, o verse obligado a dar algo que no quiere o no procede dar, simplemente por la petición (o egoísmo) del otro. Uno se vuelve un poquito egoísta sin sentirse culpable.

En realidad se trata de ser firme, y de comprender que cuando alguien nos está dando algo para su beneficio, uno no está obligado a devolver; y por otro lado que no se está obligado a recibir todo lo que se nos da, y que no hayamos pedido, no necesitemos o, simplemente, no queramos. Se trata de aprender a respetarse a uno mismo en caso de que los demás no lo hagan.

El egoísmo sano nos permite ser nosotros mismos sin caer en las manipulaciones de los demás para su beneficio, sin tener en cuenta el nuestro. Y el beneficio de ser uno mismo revierte en la capacidad de desarrollar el propio potencial y de vivir de una forma plena y consciente. Y es aplicable a las relaciones afectivas, para aprender a evitar las abusivas y disfrutar de las que merecen la pena; también es aplicable al entorno laboral, a la propia imagen (saber lo que le sienta y con qué se siente uno bien, tanto en la ropa, como en el ejercicio o la dieta), a las relaciones con amistades, los hijos, etc.

Por otro lado, y desde el punto de vista terapéutico, cuando una persona practica el egoísmo sano, bajan sus niveles de estrés y de ansiedad, mejoran los trastornos derivados de los mismos, a la vez que aumentan los de la autoestima y bienestar percibido.

Cuando uno deja de sentirse culpable, o responsable, de las emociones de los demás en situaciones en que realmente no le corresponde hacerlo, se siente inundado por una sensación de libertad, ligereza y eficacia, que animan a afrontar los retos con los que se presente cada día.

Debemos practicarlo pues es la forma de vivir plenamente sin ir buscando culpables de lo que nos ocurre. Pero, como todo, es una decisión muy personal. Las palabras libertad, responsabilidad e independencia, que es lo que se consigue con un egoísmo sano, suenan muy bien, pero ya se sabe que no siempre son fáciles, y que suponen una gran dosis de autoconocimiento, autocontrol y compromiso con uno mismo y con los demás, que no todo el mundo está dispuesto a asumir. Es más cómodo, pero entonces hay que aceptar que se vive más en función de los demás, de sus decisiones, de sus deseos o de sus opiniones.

Pero una vez superado esto, el egoísmo sano nos permite realizar las actividades que más nos convienen, relacionarnos con la gente más afín o complementaria a nosotros, ser creativos, generosos, respetuosos, cuidarnos adecuadamente, tener hábitos que nos beneficien en lugar de que nos perjudiquen. En definitiva, asumir, respetar, potenciar y disfrutar de lo que uno es, y también de lo que son los demás.

Lo primero que hay que hacer es cambiar las ideas sobre lo que es egoísmo y lo que no lo es. Estas ideas son las que están dirigiendo y escribiendo el guión de nuestras vidas, así que es mejor que eso lo hagamos nosotros con nuevas ideas y perspectivas de la realidad.

Una vez que se aprende a ver clara esta diferencia, hay que aprender a marcar límites y a expresar las propias opiniones, etc., es decir, lo que conocemos comúnmente como asertividad. Decir lo que uno piensa sin ofender, y tampoco permitir que las opiniones de los demás ofendan, implícita o explícitamente.

Es bueno también aprender a gestionar las emociones que produce evitar un ataque de alguien que pretende conseguir algo que no le corresponde, sabiendo que uno no se va a sentir cómodo, pero precisamente el objetivo de no sentirse cómodo es poder decir que NO. Los mejores aliados del egoísmo sano son las emociones: cuando alguien está haciendo algo aparentemente bueno por nosotros y el higadillo se nos encoge, ése es el momento ideal para empezar a practicar el egoísmo sano; o cuando estamos diciendo que sí con la boca y el higadillo está diciendo que no, ese es otro bueno momento; cuando nos sentimos tristes, sin alegría, sin energía, el cuerpo nos está pidiendo a voces que seamos egoístas, que pensemos en nosotros mismos, que nos nutramos, que nos recarguemos, porque se le están acabando las reservas para seguir adelante. Por eso es muy importante practicar el egoísmo sano.

Aprender a ser responsable con uno mismo obliga a los demás a ser responsables consigo mismos, o al menos a ser conscientes de esa responsabilidad, y eso es una gran lección para una convivencia ideal. Pero habrá elementos del entorno que se sientan incómodos ante este cambio, especialmente a los que les convenía la situación previa.

La consecuencia clara de la puesta en práctica de un egoísmo sano no es tanto cómo va a cambiar el entorno, sino el cambio de entorno. Probablemente lo que antes suponía el entorno ya no tiene razón de ser, y hay que buscar paisajes nuevos. Hay para todos, y para todos los gustos.

 

 

Bibliografía:

“Egoísmo Sano”, de Richard y Rachael Heller. Ed. Urano, 2007

One comment

  • Desde luego, es interesantes este artículo, pero muchas veces sabes perfectamente que estás dando más de lo que recibies y sin embargo continúas. ¿es masoquismo??

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