Mujeres sumisas

Mujeres sumisas

Mila Cahue

Quizás todavía no hayamos sido capaces de deshacernos de una idea profundamente arraigada que parece indicar que a los hombres les gustan las mujeres sumisas. Ni qué decir tiene que se trata de una idea irracional y absolutamente inapropiada para los tiempos que estamos viviendo.

Pero quizás debamos de profundizar un poco más en esta cuestión, y analizar cómo es posible que tengamos este temor, y hay varias razones para ello.

El principio de la relación no es todavía el momento de pedir, sino de analizar con quién estamos y percibir, precisamente, hasta qué punto la otra persona desea estar junto a nosotros. Si transcurre sanamente, pronto nos daremos cuenta de que para nuestra pareja será un placer atender a nuestros deseos, o peticiones –lógicas-, si con ello nos hace felices. Por lo tanto, hay que saber esperar, aunque no tanto como un gesto de sumisión sino para permitir que la relación vaya madurando y nos vayamos conociendo mejor.

¿Por qué tenemos esa sensación de miedo? Probablemente porque estamos intuyendo que todavía no es el momento adecuado, y que hay que tener un poquito más de paciencia. Es cierto que pedir a destiempo puede tener un efecto indeseado.

Otra razón relacionada con la anterior, es que, efectivamente, se compruebe que quizás lo que se pida no sea lo que el otro quiera dar. La mejor manera es siempre invertir la situación: imagínate que tu pareja te pide que hagas un salto de puenting con él, y tú sufres de vértigo. ¿Tiene que sentirse molesto porque tú no lo hagas? Sencillamente, no. Os estáis conociendo y todavía no sabía si a ti te gustaba o no. Lo que tendrá que decidir ahora es si quiere estar con alguien que no disfrute con esto mismo que tanto le divierte a él. Pero para eso son, precisamente, las primeras etapas de una relación.

¿Nos da miedo quedarnos solos cuando creíamos tener ya a alguien? Ese es otro tema, pero tiene que ver con nuestras expectativas y con nuestra gestión de la soledad, y no con la otra persona.

Si, pasado un cierto nivel de intimidad, nuestra pareja no está dispuesta a atender nuestros deseos, lamentablemente será difícil sentirse feliz con ella. Por lo tanto mi sugerencia es que se aplique la inteligencia emocional, y se busque a otra persona que desee involucrarse en nuestra felicidad.

No podemos pensar que las primeras etapas de la relación son ya una relación estable, y ahí puede que radique principalmente el problema. En esos momentos todavía no hay un compromiso afectivo, para el que aún queda un trecho por recorrer. Si no da señales de vida, probablemente no nos gustará, pero tampoco tiene por qué hacerlo. Quizás duela comprobar que el otro no se muere por nuestros huesos pero, de momento y en esta etapa, no se trata de hacer la vista gorda, sino de medir hasta qué punto la otra persona está interesada en nosotros. Y si no lo está…. ya sabemos lo que hay que hacer.

Otro asunto distinto es que nos deje plantadas. Esas faltas de consideración no se admiten a quien no es nuestra pareja, por lo que mucho menos se le debería de “hacer la vista gorda” a alguien que está pretendiendo ganarse el terreno de la confianza afectiva. Principalmente porque ya nos está demostrando que se trata de una persona desconsiderada con los sentimientos de los demás y, para hacer pareja, el tener en cuenta los sentimientos del otro es una capacidad que tiene que estar muy desarrollada. Esto nos tiene que servir simplemente para tomar nota y decidir si se quiere estar con una persona que tiene esa forma de “amar”.

¿Cómo se le puede decir? Más o menos de la siguiente manera, y cada una que lo adapte mejor a su forma de hablar: “mira, me he dado cuenta de que varias veces hemos quedado para un plan, y no apareces. Te lo comento porque me gustaría saber si es tu forma habitual de proceder, porque no es la mía. No tengo nada que objetar a que seas como mejor te parezca, pero no me queda más remedio que decirte que, con esa actitud, no puedes seguir avanzando en el terreno de mi afectividad y confianza”. Depende de cómo reaccione él, sabremos de qué tipo de persona se trata. Pero ¡ojo! no tanto porque prometa cambios, sino porque, de verdad, los haga.

 

Mujer sumisa

Si hay que exigirle demasiada atención a una pareja, mal asunto. Los afectos no se exigen, sino que se facilitan. Si el otro no me quiere atender, ¿tengo que obligarle? ¿me gustaría que hicieran lo mismo conmigo? Seguramente, no. Y tendríamos que seguir preguntándonos: ¿pero realmente quiero estar con alguien a quien tengo que “exigirle” que me atienda? En realidad, queremos estar con alguien que nos quiera, a quien le salga de corazón enviarnos un mensaje y nos exprese cuánto está pensando en nosotras, o de qué manera.

Exigir tiene una connotación de controlar. “Yo quiero que tú me quieras, y vas a hacerlo, te guste o no”. Sigamos reflexionando: cuando yo estoy exigiendo esto ¿estoy realmente queriendo a la otra persona? ¿le permito la libertad de actuación suficiente para quererme? La respuesta es no. La actitud más adecuada sería: “Me gustaría que me quisieras pero, si no lo haces, no soy quien para obligarte”. Lo que tendríamos que controlar aquí es nuestra propia tolerancia a la frustración, y saber encajar con dignidad que a veces las cosas no salen como querríamos, o que las personas no son como creíamos o nos gustaría. Buena y sana lección para aprender.

¿Por qué no elegir mejor a alguien que sepa, de verdad, querer y hacerlo bien? Sería mucho mejor ocupar el tiempo en eso, en vez de emplearlo en personas que, o no saben, o no quieren atendernos como nos gustaría.

En las relaciones sanas, las dos personas se aman libremente sin exigencias, reproches ni obligaciones, sino con ganas y compromisos voluntarios. Lo primero, como ya he mencionado, es saber elegir a quien realmente muestre deseos de querer –y no a la primera persona que tenemos más cerca-; después, hay que comprobar que sabe hacerlo y, por lo tanto, estará pendiente de aquello que le hace feliz a su pareja. Y, por último, hay que valorar esos gestos que él hace y que gustan tanto. Cuando un hombre ha encontrado a la mujer a la que sabe que es capaz de hacer feliz y para la que se siente importante, su atención no se desviará de ella.

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