Saber quedarse con lo mejor del Amor de Verano

Saber quedarse con lo mejor del Amor de Verano

Mila Cahue

¿Se han acabado tus vacaciones y, con ellas, la persona de quien pensabas que te habías enamorado “para siempre”? El verano es uno de los momentos idóneos del año para conocer gente, para relacionarse, salir, sacar lo mejor de uno mismo y… enamorarse. Algunas de esas relaciones pueden sobrevivir a los meses estivales y consolidarse en proyectos a largo plazo. Sin embargo, hay otras que probablemente toquen a su fin en el mismo contexto en el que nacieron.

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 El amor nos hace sentir tan bien que queremos aferrarnos a él como a un clavo ardiendo, y no dejarlo partir nunca, ni si quiera cuando el hecho de prolongar relaciones imposibles es completamente inútil y, además, provoca un sufrimiento innecesario. Sin embargo, aunque se desee continuar, en ocasiones es imposible, pues la vida cotidiana no tiene nada que ver con los apacibles momentos de las vacaciones y el verano. De vuelta a casa, se pueden vivir en lugares lejanos, los compromisos con el trabajo, o con otros miembros de la familia, o distintas realidades ineludibles hacen que no sea viable lo que se ha vivido como una bonita experiencia.

Sentir amor no es suficiente para consolidar una relación o hacerla viable. Para esto, han de concurrir no una, sino múltiples circunstancias. Si nos vamos dando cuenta de que no va a ser posible hacer promesas, ni esfuerzos que lleven a buen puerto, hay que ir mentalizándose en la mejor manera de hacer un cierre elegante.

 

el-amor-de-verano-puede-ser-duradero¿Duele? Sin duda. Se trata de esas situaciones que uno considera injustas, y que hay que digerir haciendo un buen acopio de valentía. ¿Qué hacer entonces?

 

1.- Una bonita sugerencia para poder decirse adiós dejando una buena estela tras de sí, sería reuniros el último día que estéis juntos, habiendo preparado previamente una carta (o una charla), en la que os digáis qué habéis descubierto junto al otro, lo que os ha aportado, y de qué manera os gustaría que siguiera la otra persona presente en vuestra memoria y en vuestra vida.

 

2.- Cuando decimos adiós, aunque la relación haya sido muy intensa, es mejor tener claro que esto no nos da derecho a seguir pensando que las puertas de la intimidad afectiva de la otra persona estarán abiertas para nosotros siempre y de la misma manera. Cuando uno se despide, si quiere volver, ha de llamar de nuevo a la puerta y esperar a ver si se es invitado, o no, a entrar. En ocasiones, segundas oportunidades nunca fueron buenas, o los excesos de confianza podrían emborronar un buen recuerdo.

 

3.- Lejos de entristecernos por no poder continuar, lo mejor que podemos hacer es sentirnos felices por haber tenido la oportunidad de haber vivido algo realmente bello, y que, pase lo que pase, formará ya parte de nuestra vida. Es casi como el símil de ver la botella medio llena o medio vacía. Aunque es verdad que tener que decir adiós duele, de nosotros depende que el recuerdo se convierta en un bucle de desesperación que, por cierto, se trataría de algo que no estaría a la altura de la magnífica experiencia que supone el amor de verano, o si lo convertimos en esa memoria que nos proporcione bienestar cada una de las veces que deseemos evocarlo.

 

Al fin y al cabo, nuestra vida y nuestra felicidad se forjan a base no solamente de lo que decidimos quedarnos de nuestras experiencias, sino de cómo las colocamos en lo más profundo de nuestro ser.

 

¿Cuál sería la mejor manera? Veamos cómo poner en práctica esta faceta de lo que conocemos como inteligencia emocional aplicada a nuestras relaciones afectivas. Simplemente, con cariño por los sentimientos vividos, con respeto por los límites marcados en el momento de la despedida, y con una buena dosis de generosidad que nos permita desatender a la inquisitoria y dolorosa sensación de necesidad. Así, estaremos en condiciones de valorar los preciosos momentos con los que la vida nos va sorprendiendo y regalando. Y, además, nos lo llevamos puesto.

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